Su mirada

La tristeza de sus ojos es una daga.

La paleta es densa como la atmósfera que la rodea.

Las espinas clavándose en su cuello son hondas.

Las verdes pinceladas transpiran esperanza.


La experiencia de enfrentarse a un cuadro no es la misma cuando uno observa el trabajo mediado por una reproducción, que en vivo. Descubrí la diferencia, sutil y dramática, cuando me encontré a Frida Kahlo.


Fue en un paseo por la exposición Heroínas -que se realiza en simultáneo en el Museo Thyssen Bornemisza y en la Fundación Caja Madrid en España- donde viví la experiencia. Han pasado varios días desde entonces y aún no he podido identificar si el impacto que me produjo “Autorretrato con collar de espinas y colibrí” (1940) es resultado de conocer a fondo la vida y obra de Frida Kahlo, o si solo se trata de mis desnudas percepciones al enfrentarme a ella.


Pese a la duda, tengo claro que la fuerza e intensidad de su trabajo se siente y que fue tan potente la evidencia que resultó imposible mirar fijamente sus ojos sin que los míos se estremecieran.

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